IMAGEN ILUSTRATIVA.

SECRETOS DE LA NOCHE.

Ha pasado el tiempo donde la gente se conocía en las pequeñas ciudades, la tecnología y el crecimiento urbanístico modificó también la comunicación personal.

A las once de la noche, una ciudad no es la misma que a las seis de la tarde. Es como si caminara más despacio. Un “Delivery” cruza el semáforo en rojo. Nadie le toca bocina; las reglas se vuelven más flexibles y el ritmo vertiginoso del día también.

La mañana de los chicos al colegio y los empleados públicos al trabajo ya son historia; mañana será otro día, aunque tan recargado como éste.

Muchos prefieren quedarse en su casa para que “la tele los agobie un poco más”. Otros prefieren juntarse con amigos en un bar del centro, a charlar de cosas sin importancia o comentar:

– “¡Viste quién pasó allí!”.

– “¿Era el que sospechamos?”.

– “¡Sí…, sale recién de la oficina!”. Contesta el flaco de camisa a cuadros.

En una pequeña plaza, dos amigos comparten un banco. Uno habla, el otro escucha. El lugar está vacío, pero ellos no hablan fuerte, para que el contenido de la charla no sea escuchada por alguien más. Los árboles y las luces del lugar son mudos testigos del encuentro. No tienen prisa y la brisa de la noche los cobija.

Los chicos más jóvenes se reúnen en lugares frecuentados por los de su generación; una cerveza bien fría o un trago raro los acompaña. Mientras, las chicas buscan algún conocido…, los vagos siguen contando como fueron las noches en el boliche en sus vacaciones en Brasil.

Siempre alguien oficia de chofer por aquello de…, “conductor designado”. Mientras circulan tragos de “oso negro”, gin con limón o “mojitos”. No importa si es jueves, viernes o sábado.

La ciudad al final no descansa; en un departamento de un segundo piso suena una guitarra. Por la vereda, abajo, una pareja camina sin tocarse. Solo acompañando el ritmo de la melodía.  Como si eso fuera suficiente.

Un pequeño camión de mudanzas avanza mientras el tránsito de los autos se “tomó un recreo”. El colchón de dos plazas se cambia de casa y la familia quiere cambiar de suerte.

El empleado de la estación de servicio terminó su turno a las diez; un viejo “Renault 11” lo lleva a su casa a seis kilómetros de distancia. Él tuvo un día complejo y no quiere apurarse a llegar…, con el deseo que los niños ya estén acostados descansando para la escuela del día siguiente.

Están aquellos acostumbrados a dormir tarde. Navegan en las redes sociales, miran películas en las plataformas haciendo ruido con el hielo en el vaso de wiski…, “hasta que las velas no ardan”.

En una esquina la flaca miraba por quinta vez su celular, estaba inquieta esperando que su novio la busque. Para ellos la noche tenía sabor a miel y era más larga. Ella trabajaba en el Ministerio de Economía, pero no era momento de pensar en números, sino en besos…, que pagan mejor.

Entre las luces que parpadean y conversaciones a media voz, la ciudad sigue sosteniendo a quienes se niegan a encerrarse. No lo tienen todo resuelto, pero estiran las horas, detienen el reloj en ese tiempo de la noche…, al fin de cuentas como una forma discreta de seguir…

Ramón Claudio Chávez.
www.ideasdelnorte.com.ar

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