📖 Novedad: UNA JOVEN SIN NOMBRE.

Relatos de Vida y Sociedad

Una Joven sin Nombre

Ramón Claudio Chávez 29 de agosto de 2026 ⏱️ Lectura: 3 min

Portada de Una Joven sin Nombre

UNA JOVEN SIN NOMBRE.

Eran las tres de la madrugada y el tiempo no corría, se arrastraba. El frío del invierno se metía por las hendijas de la vieja terminal. Varias personas esperaban el colectivo que partía a las cinco; cuatro compartían el mismo banco de madera desgastado por el tiempo. En un extremo, Ana sostenía entre sus manos un termo con el agua ya fría, el bar estaba cerrado y el termo eléctrico no funcionaba. Tenía más frío sin el mate.

Guillermo miraba lejos con los auriculares puestos, estaba huyendo del lugar, alejándose de una discusión que le llevó mucho tiempo y de un trabajo de mala muerte. Su equipaje era liviano y la urgencia pesada.

A su lado, un jubilado, Don Luis, dormitaba con un sombrero viejo como la injusticia y una maleta acomodada entre sus piernas. Había cobrado la jubilación y se dirigía a visitar a una hija que lo esperaba con alegría. Para él, la espera no era impaciencia, era parte de la rutina.

Al fondo del banco,” una joven sin nombre” miraba insistentemente la pantalla de su teléfono. Esperaba que un mensaje le confirmara que al final del viaje habría alguien esperándola…, alguien a quién ella quería ver. Las terminales de ómnibus traen recuerdos a despedidas, a nostalgias, pero también concentran ilusiones que vienen o van.

Los cuatro cruzaron pocas palabras, Ana se quejó que no conseguía agua caliente para calentar el mate y así calentar el cuerpo; Guillermo se quejó del frío excesivo, Don Luis hablaba de dolores de viejo y “la joven sin nombre” estaba ansiosa esperando la respuesta de su amor.

Otros caminaban para “matar el tiempo” que se había empecinado en no avanzar. No decían en voz alta…, pero en voz baja sentían culpa por ser pobres.

Una voz metálica anunció en el alta voz finalmente la llegada del ómnibus, el ruido de los motores interrumpió la bruma.

Los cuatro se pusieron de pie, casi sin hablarse ni cruzarse miradas, todos tenían prisa para abordar el transporte. Por un instante, con delicadeza compartieron el aire tenso de las despedidas y los comienzos.

Se entremezclaron con los demás pasajeros y subieron los escalones, mostrando su pasaje como si fuese un salvoconducto. Esperando que el movimiento del colectivo hiciera el trabajo de llevarlos hacia donde su cabeza había llegado hace rato.

El frío no había menguado, los rostros de las personas conservaban el mismo semblante…, “la joven sin nombre” tenía la nariz colorada por el viento del invierno, pero ahora…, una sonrisa amplia era cómplice de ese amor que la esperaba al final del camino…

Ramón Claudio Chávez. www.ideasdelnorte.com.ar

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