Una Joven sin Nombre
Eran las tres de la madrugada y el tiempo no corría, se arrastraba. El frío del invierno se metía por las hendijas de la vieja terminal. Varias personas esperaban el colectivo que partía a las cinco; cuatro compartían el mismo banco de madera desgastado por el tiempo. En un extremo, Ana sostenía entre sus manos un termo con el agua ya fría, el bar estaba cerrado y el termo eléctrico no funcionaba. Tenía más frío sin el mate.
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