LA MUJER DE CHINGOLO.

Juan José Juárez era entrerriano de Paraná. Nació y se crio en un barrio cercano a las “Cinco Esquinas”, cuando todavía funcionaba el Hotel Supremo.

Era hincha de Patronato, en el barrio y en las canchitas de fútbol todos les decían “Chingolo”. Trabajó un tiempo largo en los almacenes mayoristas de los hermanos Moine; aquellos que fundaron las cadenas de supermercados “Los Hermanitos”.

En uno de los carnavales del Club Echague se conoció con Myriam Hernández, “la China”, una morena de largos cabellos trenzados que siempre ganaba los torneos de baile de cumbia colombiana.

La “China” era docente en la Escuela Nro.1” Del Centenario”. Sus alumnos de sexto grado turno tarde, la adoraban.
Ambos eran muy jóvenes, se enamoraron creyendo que el amor era una línea recta y así comenzaron la convivencia.

“Chingolo” se hizo viajante de comercio y los domingos a la tarde partía al interior manejando su Renault 6 de color rojo. Se quedaba en Concordia y desde allí visitaba los comercios ubicados en los pueblos cercanos.

Los viernes a la tarde regresaba a Paraná y buscaba a su mujer en la escuela. Ella al verlo expresaba a viva voz:
– “¡Chingolo…, mi amor!”.

Fue en Concordia donde Juan Jasé Juárez conoció a otra mujer. Nada épico; una charla casual, risas compartidas y una sensación de ser mirado sin pasado. La relación fue creciendo en los márgenes de los viajes, hoteles anónimos, sin promesas futuras. Él lo tomó como un paréntesis. Pero para la casa, era una grieta invisible que se instaló.

“La China” advirtió el cambio, ya no salía los viernes de tarde a saludar como siempre en la escuela.

Esos paréntesis de distancia le fueron quitando alegría a las despedidas de los domingos. La crisis fue estallando como las cosas que se sostienen demasiado.

Myriam ya no regresaba temprano al hogar, caminaba por la avenida Ramón Carbó y conversaba con la gente; en Paraná es común la charla franca. Un muchacho, diez años menor que ella empezó a acompañar a esa maestra en su regreso a casa. Ella no buscaba revancha, ni amor, quería sentirse viva en un tiempo que la había acostumbrado postergar. Le reapareció la sonrisa que había quedado olvidada.

El desenlace era inevitable, hablaron del amor en crisis, de ideas distintas. Chingolo armó una valija a medias y se fue  de la casa por un tiempo, un “impasse “dijeron…, como si una palabra pudiera ordenar el caos.

La casa quedó en silencio, el bullicio del domingo también, no se despidieron con gritos sino con frases cortas y miradas esquivas.

En el viaje de “Chingolo” al interior venía a su memoria la destreza de “la China” danzando cumbia colombiana y ella la que fuera su mujer se fue olvidando de la frase:
– “¡Chingolo…, mi amor!”.

El futuro era una ruta sin cartel, a un destino incierto. Tal vez volverían a encontrarse desde otro lugar, tal vez no.

Pero el camino ya no sería el mismo. Es la vida misma pensaba ella…, el amor no se termina…, cambia de forma y nos obliga a aprender a caminar de nuevo…

Ramón Claudio Chávez.
www.ideasdelnorte.com.ar

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