UNA LUZ DE ESPERANZA.

Fotografía ilustrativa del Policlínico Pami II de Rosario.

UNA LUZ DE ESPERANZA.

Juana Isabel Alegre, vive en el Gran Rosario, en Granadero Baigorria junto a su marido el Jorge Altamira.
Sus hijos, todos mayores de edad, los visitan siempre, pero residen en otro lugar.

Los problemas económicos los afectaban como a todos en su igual situación social, pese a ello, viven la vida con optimismo mirando para adelante y el deseo de un mayor bienestar.

Los 60 años los encontraron con desniveles en la salud que necesitaron controles intensos y frecuentes visitas a los centros de salud.
Los problemas cardiológicos y de diabetes fueron más intensos en Juana que en Jorge. La amputación de una pierna fue el desenlace de la enfermedad. Pese a ello, trató de continuar con optimismo en la vida diaria.

Los fines de semana, especialmente los domingos eran momentos propicios para las reuniones con la familia y parientes, ya que tanto Jorge como Juana son muy buenos cocineros.

Los momentos de alegrías compartidas obligaban a tener cierto desapego a las dietas alimenticias obligatorias para mantener controlados niveles adecuados de las enfermedades.

La famosa frase “hoy nomás, mañana empiezo la dieta”, eran moneda corriente en las charlas de sobremesa y ese dejo nostálgico de “para cuando la vida”.
Fue precisamente un lunes que Juana se sintió mal por lo que debieron trasladarla al Hospital para un control médico.

En la guardia del Policlínico Pami II de Rosario, luego de examinar a la paciente, decidieron que era necesaria su internación. Su evolución no fue favorable y debió ser trasladada a Terapia Intensiva.

El cuadro clínico era complicado y todos estuvieron pendientes de Juana Isabel. Un hermano, el Cacho Alegre, vivía en Basavilbaso en la provincia de Entre Ríos; vino a verla al Hospital.

Un sobrino lo acompañó. En el trayecto de los 215 kilómetros que separan a Bassa de Rosario, Cacho le explicó que necesitaba estar con su hermana a quién no sabía si podría verla de nuevo con vida.
En los días siguientes en el Policlínico del Pami debió administrar los permisos de visita de treinta minutos entre cinco personas. Cuando ingresaba le hablaba con afecto a su hermana deseándole una pronta recuperación.
Como su cuñado no podía concurrir en los horarios de visitas, era él quién hablaba con los médicos para interiorizarse de la evolución de la paciente en los cuidados intensivos.

Es innecesaria cualquier referencia sobre los estados de ánimo de los allegados que esperan esos informes en los hospitales públicos. Cacho estaba ansioso entre ese grupo de personas.

El Doctor Muñoz era el encargado de informar sobre el estado general de los enfermos internados en la sala de terapia.
Una calvicie prominente denunciaban años de servicios en el hospital; se acercaba a los familiares con un trato amable y un aire de complicidad para transmitir de un modo positivo algo que en realidad no era.
No sabemos por qué razón el facultativo dejó a Cacho Alegre en último lugar para hablar con él. Lo confundió con el marido Jorge Altamira y sin pestañear le arrojó “munición gruesa”:

– “¡Qué haces “fiera”!”–

Cacho le explicó que no era el marido sino el hermano, a lo que el doctor le respondió:

– “¡Es que hablo con tanta gente!”-

– “¡Está complicado lo de la gorda!”-

– “¡Ya estaba la vez pasada cuando le cortamos una “gamba””! –

– “¡El “bobo” le responde muy poco, tiene dos arterias tapadas y una comprometida”! –

Escuchando las explicaciones, Alegre sugiere sin ser médico:

– “¿Quizás sea necesario un acto quirúrgico?”, ¿uno o dos “stend”? –

– “¡No creo que aguante, tiene las defensas muy bajas, está difícil la mano”! – Agregó el médico.

– “Hay que esperar “fiera”, el tiempo tiene que jugar a favor. Acá está bien atendida”–

El doctor le palmeó la espalda y se retiró.

En la visita de la tarde, Cacho encontró a Juana desorientada con la fecha y la hora; les indicó a las enfermeras y ellas les contestaron que: “es bastante común en los pacientes por los efectos de los psico fármacos”.

No quiso preocuparla, le tomó las manos a su hermana y le anunció que todo iba a salir bien y en dos semanas la visitaría en su casa.

Se despidió de sus sobrinos y se retiró con la cabeza gacha. Debía regresar a Entre Ríos. Se encontró con Altamira y habló de lo que le dijo el médico.

En el camino de regreso permaneció mucho tiempo callado, el sobrino le preguntó a que se debía su silencio…
– “Venía rezando…, hay una luz de esperanza y la fe siempre es buena compañera”-

Ramón Claudio Chávez.
www.ideasdelnorte.com.ar

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5 respuestas

  1. En muchos de estos casos, cuando todo parece conspirar en contra e incluso ni la ciencia alcanza, el último refugio que nos queda es la fe.Recuerdo una experiencia personal un familiar en terapia con muy pocas posibilidades ” en shock a nivel de célula” al decir de los médicos, pero otro médico amigo me dijo: En estos casos solo Dios tiene la última palabra. Así fue, mi madre vivió 15 años más.

  2. Una manera simple de decir que los seres humanos nunca perdemos la esperanza.
    Diría que, frente a lo que nos sucede, le pusiste a tu relato, un poco de romanticismo, para que el nudo de la trama pueda explicar la realidad de los acontecimientos. Un ser querido entra en una etapa difícil de entender, la parte de salud , acostumbrados a ver esas vicisitudes, parece no entender lo que se siente, cuando les toca hablar con el familiar.
    Un cóctel de frases logradas con dulzura y tristeza, y un final reconfortante.
    Dicen que Gardel canta cada día mejor, me tomo la licencia de decir que cada dia escribís mas lindo.

  3. Buen relato. El Cacho tenía razón cuando le dijo al muchacho que quizás no volvería a ver con vida a su hermana, pues seguramente así habrá sido.
    La fé es muy compleja… sólo aquel que de verdad la tiene puede comprenderla, porque cuando se pide algo -por la salud de un familiar como en este caso – y el Tata no te cocede tu pedido, ¿qué sucede? ¿Se acaba la fé? ? Ya no crees más en ÉL?.
    La verdadera fé precisamente es seguir teniéndola a pesar que tu pedido no haya sido concedido.

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