NICOLA, UN LOBO ESTEPARIO.
Ramón Claudio Chávez • 13 de agosto de 2026 • ⏱️ Lectura: 3 min
NICOLA, UN LOBO ESTEPARIO.
“Nicola”, vivía en un departamento pequeño lleno de libros viejos y discos de jazz, era una persona solitaria que no encajaba en la sociedad.
La lectura era una de sus adicciones, pese a ello, no había leído la obra de Hermann Hesse, “El lobo estepario”.
Siempre prefería estar solo antes de seguir reglas falsas. Por el lado humano amaba el arte y la paz, por el lado salvaje odiaba las normas y siempre buscaba la soledad.
No concurría a los asados de la oficina donde trabajaba, ni se enfrascaba en “las charlas berretas”.
Como buen intelectual era competente en el trabajo, pero no esperaba el reconocimiento de los jefes, ni de los adulones de siempre.
Por las noches caminaba en soledad por las calles vacías, cuando el ruido del tránsito ya había cesado y evitaba los bares de moda.
Se ocultaba tras los edificios grises de la gran ciudad cuando el sol se escondía; para todos, él era “el lobo estepario”. Nadie sabía su verdadero nombre y al él tampoco le importaba.
En el edificio donde vivía, su departamento era su refugio, saludaba parcamente a los vecinos en el ascensor o en los lugares comunes. No se enteraba de los comentarios respecto de su persona porque casi no hablaba con nadie; cuando el “portero” quería hacerle una infidencia él le decía que no le importaba.
Una de las tantas noches que caminaba por las calles vacías, en una madrugada lluviosa, Nicola se refugió bajo el techo de una vieja cafetería de paso. Sin darse cuenta vio allí a una mujer leyendo.
Se preguntó qué hace una mujer sola sentada en un café a la madrugada, cuando los bohemios no se fueron aún a dormir y la gente que trabaja temprano recién comienza la jornada.
Ella lo miró y sin decir nada le ofreció un café caliente. Nicola y su lado salvaje le indicaba dar la vuelta para huir hacia la seguridad de su soledad; pero el lado humano le otorgó un calor extraño que no experimentaba por años.
Se sentó en la silla pensando que dos almas solitarias pueden compartir un mismo bosque.
Ella le dijo que se llamaba “Dominique”, él pensaba que se llamaba “María”, pero no importaba. Hablaron un rato largo de lo cambiado que está el mundo, de lo superficial de las relaciones humanas, de por qué se sentían como “bicho raro” en una sociedad exitista.
El tiempo pasó rápido…, las luces de la madrugada iluminaron el asfalto. Sabían que necesitaban otra charla, otro encuentro para el alma de esos “lobos esteparios”.
“Nicola”, sacó de su bolsillo una gastada libreta de apuntes, registró el número de teléfono de ella; “Dominique” hizo lo mismo en un papel que guardó en su billetera.
Acostumbrado a la soledad…, esa mañana en la oficina no dejó de pensar en ella…, ansiaba retornar a su departamento para discar el número de teléfono que había anotado en su vieja libreta de apuntes…
Ramón Claudio Chávez. www.ideasdelnorte.com.ar
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