CAMINO A CONSTANTINOPLA.

CAMINO A CONSTANTINOPLA.

“Selenka” era una bella joven “polaca” nacida en Gdanst, en la zona del Mar Báltico y su característica “agua salobre”. Su padre era polaco y su madre alemana. Una familia de tradición católica.

Por el conocimiento del idioma decidió ir a estudiar a Berlín, desde donde su familia soñaba con verla regresar convertida en psicóloga.

En la vieja estación de trenes entre el ruido de las locomotoras y el ir y venir de viajeros, una mañana se cruzó con un “turco” que vendía telas y alfombras en un puesto ambulante.

“Selenka” se detuvo frente a una alfombra de color azul profundo.

– “¡Parece un cielo!”. Dijo.

El “turco” sonrió, destacando sus rasgos faciales entre europeos y asiáticos, cabellos tan oscuros como sus ojos y abundante “vello corporal”. Típico de su raza.

“Mustafá,” el “turco” hablaba inglés, alemán y su idioma natal. Se comunicaban en alemán y comenzaron a verse.
A veces en la misma estación de trenes, a veces caminando junto al río Spree, en ese sitio donde los enamorados dejan anillos y candados como prueba de su amor.

Ella le hablaba de la nueva psicología, de los sueños, de las emociones humanas. Él le hablaba del Bósforo, de las llamadas a la oración al amanecer y de los perfumes de los mercados de Turquía.

La relación amorosa avanzó y “Mustafá” haciendo gestos con los brazos le contó a su enamorada que en Turquía tenía un hijo de seis años que vivía con su madre, de quién se separó cuando el niño tenía un año. La relación terminó, pero él siempre le giraba algo de dinero para la manutención del pequeño.

Ambos eran de clase media baja, la casa de “Mustafá” era de construcción modesta, con espacios reducidos y funcionales y falta de mantenimiento. Necesitaba regresar para arreglarla e invitó a “Selenka” que lo acompañara unos meses para hacerlo.

Cuando “Selenka” escribió a sus padres en Polonia para contarle…, la respuesta llegó rápida y dura.

– “¡Un turco, comerciante y musulmán, no era lo que imaginábamos para vos”!

La joven pensó que el corazón no entiende de fronteras ni de religiones.

En el otoño, cuando las hojas doradas caían sobre las calles de Berlín, ella tomó una decisión. Compró un pasaje de tren hacia el sur y luego un barco rumbo a Estambul.

Mustafá” la esperaba en el puerto.

Brillaban las cúpulas y los “minaretes” de la ciudad. Al bajar del barco él no dijo nada. Sólo extendió la mano y ella la tomó con fuerza.

Caminaron juntos hacia las calles llenas de aromas y voces de Estambul.

La joven polaca terminaba de recorrer el “camino a Constantinopla”, esa próspera ciudad fundada por “Constantino el Grande” y que en su caída constituyó el fin de “la Edad Media”.

“Constantinopla” es ahora “Estambul” …; “Selenka” pensó que después de todo…, tal vez el amor era la forma más profunda de entender la psicología del mundo…

Ramón Claudio Chávez.
www.idesdelnorte.com.ar

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