LA RAELA Y LA MAREA DEL MAR.

Imagen Ilustrativa.
LA RAELA Y LA MAREA DEL MAR.
La expectativa de un viaje al mar siempre era un motivo de regocijo para nosotros. La Raela le agregaba siempre ese espíritu aventurero que contagiaba alegría.
– “¡Busquemos un lugar tranquilo, sin mucha gente, para nosotros solos si es posible!”-me dijo.
La “Isla do Mel” en el estado de Paraná y “Canto Grande” en Santa Catarina, en Brasil, eran las opciones. Nos inclinamos por “Canto Grande” por una cuestión logística, poder llegar en auto hasta la playa.
Más que una playa turística, “Canto Grande” era por entonces un refugio de pescadores. Después de recorrer la ruta colmada en los primeros días de febrero y de sortear un camino sin mantenimiento para acceder al lugar, arribamos al atardecer para buscar alojamiento. Internet estaba en pañales y las comunicaciones eran complicadas.
Dimos con un pescador que cuidaba una vivienda de una familia de Curitiba que venía a la playa en marzo. La vivienda de madera pintada de varios colores nos esperaba para nuestra aventura. Dos ventiladores de techo y la brisa del mar serían “nuestro aire acondicionado” de ese verano.
Dejamos las maletas, buscamos un lugar en la casa para guardar los reales y fuimos al atardecer a caminar de la mano a la playa.
El océano, visto como un sueño respiraba por nosotros, en la noche la magia cambiaba. Ya no estaban las personas que bebían y hablaban fuerte.
– “¡Parece que el mar nos entiende!”- le susurro a La Raela.
Con una mirada cómplice me responde:
– “¡La playa y el mar para nosotros…, Negro!”.
Nos despertamos al amanecer, mientras se escuchaban voces de los pescadores que se adentrarían en el mar en busca del sustento diario.
A media mañana nos dirigimos a una fonda, una especie de taberna que tenía de todo un poco; trajimos lo necesario para una semana y un poco de alcohol para encender nuestra llama.
El segundo día en la playa le permitió a Raela, tomar sol y exhibir la belleza de su cuerpo. Su presencia generó miradas indiscretas de hombres y mujeres que vacacionaban en el lugar.
El día había sido largo, sol, arena caliente y ese sabor salado pegándose en la piel. Pero fue la noche que nos enseñó la verdad.
– “¡Qué sabia es la naturaleza Negro, el mar va y viene como el amor!”.
-“¡ La “marea alta “se eleva como sube el amor cuando se enciende sin aviso!”-agrega.
“¡La “marea baja” en cambio, es nuestro secreto, el romanticismo se mezcla con algo más intenso, no voy a ponerlo en palabras, pero sé que entendes!”-dijo.
El tercer día pasó rápido, entre chapuzones en el mar y caricias. El tiempo fue consumiendo al sol de ese día de febrero. Al atardecer fui hasta la casa de colores en busca de caipiriña y cervezas.
Nos sentamos en el borde de la “marea alta” que golpeaba el oleaje, la tomé de la cintura y comenzaron los besos mientras la noche llegaba. Cada beso tenía un poco de sal, un poco de urgencia, un poco de electricidad tibia que solo aparece cuando dos cuerpos se reconocen sin dudas.
Quedamos allí hasta que el mar retrocedió. Era como si el océano al retirarse hubiera despejado el terreno para que el fuego hiciera lo suyo. Yo la besaba con esa mezcla de dulzura y hambre que aparece cuando la pasión se siente inevitable.
La noche y las estrellas fueron testigos de nuestros cuerpos entrelazados. La Raela siempre encendía la llama con esa virtud sensual y seductora que le era innata. Era hermoso quererla.
Quizás alguien intuyendo nuestra audacia se quedó mirando la película, poco importaba. Así éramos esa noche, una ola que no se cansaba de volver.
La brisa del mar no lograba enfriar nuestros cuerpos traspirados en medio de esa búsqueda de amor urgente. El mar se acercaba al ritmo de nuestra respiración.
Pasó un tiempo que parecía eterno…, su rostro sonriente se apoyó en mi cuerpo, recordando aquello “de la playa para nosotros solamente”.
Se levantó y caminó desnuda hacia el mar de la “marea baja” …, yo la admiraba en medio de la semi oscuridad…
Entendí algo sencillo y poderoso a la vez.
“Esa noche no había ardido el mar…,
habíamos ardido nosotros…”
Ramón Claudio Chávez.
www.ideasdelnorte.com.ar

Me sentí transportado a la casita de colores,la arena, las olas y la arrolladora sensualidad de la Raela. Que bueno cuando su memoria se apiada Doc. y le regala estos retazos de vida, seguramente su corazón quiere suspirar como si tuviera treinta. Saudade
Como siempre quede apasionado por tu relato, seguramente porque se trata de brasil .Los dos lugares que nombraste son maravillosos , aunque canto grande esta muy desarrollado y con muchos edificios enormes. Pero sigue siendo un lugar maravolloso !!! Gracias por tanta y bella escritura!!!Gran abrazo de dos amigos y seguidores!!!
Gracias por el viaje, maestro!
Pude ver el mar la casita de colores y la playa vacía salvo por dos personas que solo buscan conocerse …